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Una de las escorts que más morbo me han dado

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Hoy conoceremos a Nadia, una chica que desde la pandemia ha empezado a ser escort. Ella rechaza este término, dice que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y no disfrazarlas con la intención de que parezcan algo que no son: “La verdad es que quizás se sientan menos putas si las llamas escorts pero putas son y putas siguen siendo y así me defino, odio la hipocresía” Este es su pensamiento y lo que vas a leer es uno de sus eventos profesionales que a veces me confía.

Desde que, por despecho hacia Alfio, mi marido, y también por placer, decidí vender mi cuerpo (desde luego no habría dado este paso si no hubiera descubierto la lujuria que me produce follar con hombres que acabo de conocer y la adrenalina que fluye como una descarga eléctrica cuando recibo dinero porque hay quien, por tenerme unas horas o incluso menos, está dispuesto a gastarlo sin rechistar), pues bien, desde entonces he renacido, he recuperado el control total de mi vida y he reforzado mi autoestima.
Alfio no se limita a sufrir pasivamente sino que se excita sabiendo que estoy con otros mientras él se va de putas en Granada y no le ahorro los detalles de mis folladas y lo mucho que las he disfrutado, más que con él.

A estas alturas siente más placer masturbando y lamiendo mi cuerpo aún con olor a macho y empapado de sus humores más íntimos que follando. No siento las mismas sensaciones con él que antes, ha hecho demasiadas cosas hasta tal punto que nuestra vida ha tomado un rumbo sin retorno y si seguimos juntos es porque a pesar de todo le sigo queriendo y él a mí.
Los papeles se acaban de redefinir, el que lleva los pantalones ahora soy yo.
Con el tiempo he creado un círculo de clientes leales, de confianza y, sobre todo, ricos y bien dotados.
No tengo ningún sentimiento hacia ellos, pero con algunos se ha creado una confianza inevitable, de modo que casi nos consideramos amigos.
Uno de ellos se llama Romano y es un exitoso empresario de más de cincuenta años, casado y con hijos que regenta casa de putas en Granada.

También le he acompañado en algunos viajes de negocios por el mundo como su “asistente personal”.
Es quizás el que más ha dependido de mis servicios y es de los más generosos pero también de los más sucios y perversos.
Cuando nos encontramos suele mover fantasías, nuevos juegos eróticos para proponerme y difícilmente me niego siempre que no sobrepase mis límites que son muy elásticos y que la recompensa a mi dedicación sea la adecuada.

Uno de los últimos viajes que me vio a su lado fue hace tres años, creo que fue en el mes de febrero. Romano tiene intereses en muchas áreas y esa vez tenía previsto mantener reuniones de negocios con algunos representantes políticos del gobierno turco.

Debían reunirse en la ciudad costera de Bodrum, en el Mediterráneo, y no en la capital, para garantizar una mayor confidencialidad. Ahora no sé de qué asuntos iban a hablar y no me importa, pero tenían que ser cosas importantes si implicaban a las instituciones del Estado. Cogemos el avión y tras cambiar en Estambul volamos a Bodrum. Romano ha reservado una suite en un lujoso hotel de la costa. Una vez llegados arreglamos nuestras cosas, es la hora de comer y después de ducharnos bajamos al restaurante del hotel.

Romano tiene cincuenta y seis años y se mantiene en forma haciendo ejercicio. Es un excelente amante, bien dotado y resistente, así como bastante porcello. Llegamos un día antes, los hombres de Ankara llegarán mañana a primera hora de la tarde. Después de la comida damos un paseo por el paseo marítimo para facilitar la digestión, todavía es invierno pero el tiempo es suave, sólo hay que llevar un abrigo.

De vuelta a la suite le apetece desvestirme y me tira en la cama, se quita los pantalones y los calzoncillos y sin quitarse la camisa se pone encima de mí, me quita las bragas, se burla de mi coño hasta que lo nota abierto y húmedo para meter su gran y dura polla en él. Me folla salvajemente, como si no hubiera tenido sexo en meses. Me trata como un objeto, sin juegos previos. No le importa mi placer y me embiste con fuerza y luego se corre en mi vientre.

Una vez satisfecha su lujuria, se levanta, va al baño a recomponerse e inicia una serie de llamadas telefónicas de negocios, y luego comienza a trabajar en su ordenador portátil. Me trató como a una puta de la calle, sin miramientos y sin interés por lo que yo sentía.

No me importa en absoluto, sentirme como un juguete sexual, un cuerpo que se utiliza para satisfacer los deseos de un macho cachondo es una de las muchas cosas que me hacen apreciar la elección que hice de poner mi cuerpo a la venta. Mientras él trabaja, yo doy un paseo por las calles de la ciudad sin alejarme demasiado del hotel.