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Esta señorita del deber debió follar…

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Me llamo Mario, tengo treinta y dos años, soy de Algeciras y no estoy casado. Vivo en una gran ciudad donde trabajo como conductor privado para una empresa que alquila coches de lujo con conductor. Tras la famosa supresión casi total de los llamados coches azules, mi trabajo ha aumentado exponencialmente. Hay muchas personas de todas las edades que prefieren desplazarse teniendo uno que se ocupe del conductor mientras ellos hacen otras mil cosas. A menudo ocurren cosas extrañas, a veces se les oye hablar de esto o aquello, pero yo siempre me ocupo de mis asuntos, no oigo, no veo y no hablo. Uno de los sucesos más curiosos fue el de un tipo al que se la chupó su secretaria y luego se fue excitado a casa de su amante.

“Por favor, termina, que se joda ella también se calentó, siento dejarla así”. Me preguntó cuando se fue a casa de su novia con la chica en el coche ya con los muslos abiertos y sin bragas. No tuve demasiados escrúpulos, y me la follé bien tanto el bonito y gran coño que tenía y luego vertí mucho semen en su maravilloso culo. Incluso me dio las gracias por el servicio recibido.

“¡Señorita del deber!”

Fue mi lacónica respuesta.

Desde hace algún tiempo hay entre los nuevos clientes uno muy especial. ¡La señora Flavia es definitivamente un gran pedazo de culo!

Alto, cuerpo delgado, abundante tercer pecho, ojos oscuros como su pelo. Siempre muy elegante y siempre lleva faldas y medias con tacones de infarto. Su boca ancha de labios carnosos te estimula a metértela en la garganta sólo con mirarla. Le han suspendido el carnet por haber metido la pata hasta el fondo. Tuvo un terrible accidente contra un coche de policía mientras estaban parados en un control. Tenía muchas cosas en la cabeza, tres teléfonos móviles y una tableta y ni siquiera se dio cuenta. Tiene mucho dinero, es propietaria de una o quizás más cadenas de tiendas de ropa, tanto de ropa interior como de prêt-à-porter, y a menudo tiene que cambiar de tienda, así que recurrió a nosotros. La primera vez que me tocó llevarla por el mundo me impresionó su forma de ser. Durante todo el viaje no hizo nada más que hablar por teléfono y escribir en la tableta, luego cuando llegamos a nuestro destino sólo me pidió que la esperara para llegar inmediatamente. Su inmediatez, como supe después, es de un mínimo de dos horas. Durante unos meses siempre me tocó ser su chófer, sólo una vez fue una compañera mayor y enseguida se quejó diciendo que se sentía más cómoda conmigo. Esto me halagó. Una noche, mientras la llevaba a su casa, me preguntó cómo podía llegar a una recepción, sabiendo que yo más de un cierto número de horas no puedo, por ley, conducir.

“Estaría dispuesto a darte una buena propina, pero no quiero ponerte en un aprieto”.

Me lo dice en el tono más dulce que hace que mi polla se ponga dura. Le respondo con decisión.

“No te preocupes, sólo dime la fecha y el lugar, yo me encargo del resto”.

Me da toda la información y al día siguiente lo comento con el jefe, que sabe que a menudo tenemos que hacer horas extras y por eso nos deja vía libre. Así que le cuento mi disponibilidad y se alegra mucho y me dice que no me arrepentiré. Tres noches después la acompaño a un lujoso local cultural, donde sé que hay una prestigiosa recepción. Cuando la recojo en casa no puedo evitar hacerle un cumplido mientras le abro la puerta del coche.

“Señora, siempre es usted muy guapa, pero esta noche los deja a todos boquiabiertos. “

Le digo con una sonrisa cómplice.